La resistencia inducida disminuye si aumenta la velocidad. La resistencia inducida predomina a bajas velocidades.
Llegamos, miramos al hermoso avión que nos toca volar. Alguna que otra foto, porque lo merece.
Saludos, una mínima charla, y a armar el plan de vuelo. En ese instante los que volvían de usar el avión piden si alguien les puede alcanzar un trapo y algo para limpiar…ya que se había descompuesto un chico.
Ya nos imaginábamos que sería insoportable viajar ahí dentro…pero no! Se ve que no había sido muy grave, o que el alcohol en gel y limpiavidrios que les consiguieron eran muy buenos…
Después del chequeo general antes del despegue, y unas fotos más, nos subimos. Dos grandes amigos atrás, uno de ellos cumpliendo años y sin entender todavía cómo había llegado ahí (fue casi una sorpresa), y adelante un coloradito entusiasmado por volver a volar después de más de cinco años.
Prueba de radios, y a pedir permiso para la puesta en marcha…la gente de la torre suena amable, pero no se les entiende del todo, hay que volver a acostumbrarse a esa forma de hablar de los controladores aéreos (para el momento del aterrizaje final, ya lo había hecho, no era tan difícil!).
De repente, la hélice ya está girando, se siente el rugir del motor, los pistones enloquecidos. Temperaturas, voltaje, succión, todo perfecto. A rodar a cabecera de pista 01, previo pedido de permiso, claro. Permiso concedido.
Ya en cabecera y para sorpresa de los pasajeros, la última prueba antes del despegue. Frenos aplicados, RPM a 1800, control de magnetos, perfecto. Reducir mezcla, verificar corte, enriquecer mezcla. Controles libres, puertas cerradas, cinturones ajustados. Vamos!
Y la emoción. La emoción más pura pero con una seguridad tan absoluta que a mí mismo me sorprendió. Había tenido alguna duda sobre mis recuerdos de cómo era todo esto, pero no…estaba todo ahí, fresquito. Cuando dicen que es como saber andar en bicicleta, que no te olvidás nunca…es absolutamente cierto.
Subimos a 1000 pies, con un viraje al oeste. Mis pasajeros amigos, durante el despegue, se agarraban las piernas (uno al otro!) enfrentando una sensación nueva. Una vez que llegamos a un vuelo recto y nivelado, se relajaron y a partir de ahí todo fue fotos, charlas, comentarios, risas, entusiasmo de parte de todos.
Conocimos un dique, un lago, un barrio privado con pista de aterrizaje (donde tocamos y salimos, haciendo mi segundo aterrizaje en la vida en pista de tierra), luego dimos una vuelta alrededor de la basílica de Luján, pasamos sobre la fábrica de Brahma, vimos un famoso castillo de estilo medieval (habitado por una familia!) y de a poco emprendimos la vuelta. Todo esto fue una hora de vuelo, aunque suene a menos.
Y el aterrizaje final…Morón, el Golf November Juliet regresando de corredor doce con mil pies, en Libertad. Autorizado con básica corta, confirmo pista libre. Me autoriza un toque largo? Autorizado, recibido. Mil pies, y el globo 172 que no quiere bajar…es un avión que ama estar en el aire, se le nota. Pero nosotros tenemos que bajar, así que a reducir potencia, flaps a diez grados, y viraje…Golf November Juliet en final. Recibido, Juliet.
He tenido mejores aterrizajes, y eso me molestó un poquito…pero para una primera vez en un 172, después de cinco años y medio, estuvo muy bien. El próximo va a ser mejor, sin duda.
De nuevo…la emoción. La cantidad de sensaciones indescriptibles que surgieron y perduraron…se me hace imposible plasmarlas en palabras.
Videos, fotos, charlas, agradecimientos, abrazos, una experiencia increíble compartida con las personas adecuadas. Las mismas que volverán pronto a vivirlo.
La libertad está ahí arriba.
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